Nunca abuses de tu audiencia

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Este artículo es la traducción del aparecido en el Guardian Observer. A esta nota hace alusión Richard Tenace (del staff de Online-Visions), cuando escribe su nota “Los diez mandamientos…”

Puede recitar los números de serie de los billetes bancarios y decirte exactamente lo que estás pensando. Sus poderes psicológicos no están en discusión, salvo por su aparente incapacidad de ganarse a la audiencia.

Para realizar su acto, Marc Salem (el lector de la mente norteamericano) se deben poseer, por su propia admisión, poderes empáticos notables. Debe saber leer las señales ‘no verbales’ de la gente, tener una comprensión aguda de la sugestionabilidad de la audiencia, estar seguro de que puede hacerles responder de la forma que quiere.

Todo lo cual hace muchísimo más bizarro un incidente que ocurrió temprano en la primera noche de su nuevo show en el London’s Tricycle Theatre. Al frente, cerca del escenario, había un grupo de jóvenes, todas niñas, de alrededor de 10 años o menos. Estaban divirtiéndose. El acto de Salem demanda la participación de la audiencia y ellas estaban participando. O al menos lo estaban hasta el momento en que él paró el show, se asomó desde el escenario sobre ellas, una figura imponente en un traje negro, tan grande ya que él es alto, y les dijo que se callen. No en una forma divertida o graciosa, sino como un maestro de historia incompetente que sabe que está perdiendo el control de su clase. Y no les dio el sermón una vez sino tres, retrocediendo y avanzando nuevamente como si la tarea no estuviera aún terminada. Las niñas, en una noche alegre hasta ese momento, fueron impelidas al silencio.

En ese punto me perdió enteramente. El hecho es que no importa cuán bueno es tu acto, no importa si puedes predecir números que elegirán los miembros de la audiencia, o recitar el número de serie de un bono bancario sólo sintiéndolo, o hacer parecer que tu pulso se detiene, todas cosas que puede hacer; pero si tu personalidad no agrada de forma inmediata, el acto nunca va a levantar vuelo.

Curiosamente, entre todas las cosas en que Salem incursionó en su vida a través de los años (profesor de psicología, consultor de la policía, selector de jurados, los más famosos para el juicio de OJ Simpson), fue director de investigación de Calle Sésamo por un período de 10 años. ¿Quién sabe? Quizás eso lo hizo rechazar a los niños de por vida.

Para ser honesto con Salem (a pesar de que no estoy seguro de que merezca eso, después de ese episodio), su acto estaba destinado a sufrir lo que sólo puede ser descripto como el “efecto Derren Brown”. El estilo y la marca de conocimiento de Brown sobre el “mentalismo” televisado nos transformó en una audiencia crecientemente sofisticada. Nociones de comunicación no verbal y sugestionabilidad no son nuevas para nosotros, porque Brown nos ha dado capítulo y verso. Hace esto, no porque quiera que nos transformemos todos en mentalistas, prediciendo lo que van a decir nuestros seres queridos antes de que lo digan, sino porque con eso logra que sus trucos sean mucho más impresionantes, cuando aún armados con información por adelantado, no podemos descifrarlos. También ayuda que Derren Brown es intensamente agradable en sus shows (¿quién sabe? fuera de escena a lo mejor es una pesadilla).

Realmente el efecto Derren Brown parece estar jugando su rol con esta audiencia. Salem, razonablemente, podría haber esperado que el grupo juegue a la pelota con él todas las veces, que le permitan la reverencia de un shaman, pero ellos no lo hicieron; no totalmente. En una parte de su acto él le pide a un miembro de la audiencia que prenda su teléfono móvil y llame a un amigo. Esta tarde, cuando se dio cuenta de que no había señal en el auditorio (un riesgo laboral en el negocio del mentalismo de estos días), le pidió a un participante (un abogado llamado Jeremy, ¿no los hay siempre?) que finja que su mano era un teléfono y pedirle a quien estaba en el otro extremo que elija un número de 3 dígitos. Jeremy hizo lo que se le dijo, haciendo la mímica con el pulgar y el dedo pequeño, terminando su conversación antes de ver a Salem y anunciando, inexpresivo: “Ella no quiere elegir un número de tres dígitos”. Viendo la expresión del rostro de Salem, todos los espectadores se transformaron, de repente, en expertos en la comunicación no verbal. El puede ser un mentalista impresionante, pero sus poderes como actor son limitados. Cuando la audiencia hace lo que él quiere, estuvo bien. Cuando no, no.

A pesar de todos estos problemas, hay momentos impresionantes en su acto. El soberbio mago británico David Berglas puede haber realizado el truco de parar el pulso en la televisión allá en los setenta, pero fue una emoción verlo realizado nuevamente aquí, en vivo, en el escenario, con un doctor estupefacto sacado de la platea sosteniéndole cada brazo. La pregrabación de una predicción en un tape que luego fue reproducido para la audiencia fue un lindo giro al usual dispositivo de sobre lacrado.

Y los últimos 10 minutos cuando actuó con monedas grandes firmemente pegadas a sus ojos y una gruesa venda sobre ellos, fueron fascinantes. Identificó objetos tomados de la audiencia sin tocarlos. Les dijo a varios individuos en qué lugares estaban pensando (que Jonny fue a Suecia, que Dan fue a Los Angeles, que Hannah estaba recordando un incidente en el puerto de St Katharine).
Finalmente, cambió el tiempo en un reloj oculto. ¿Cómo hizo estas cosas? No tengo idea. Porque Marc Salem es un hombre de muchos talentos. Es una pena que ser amable con los niños no sea uno de ellos.

Fuente: The Guardian Observer, 25 de julio, 2004

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