La humildad en la magia

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por Woody

¿Acaso es mejor mago el que nunca se equivoca?
Hace tiempo que tengo esta sensación: falta humildad en la magia. No sé si es una necesidad real, o una necesidad mía que, precisamente por falta de humildad, catalogo de universal y se la encasqueto a nuestro arte, así, por las buenas.
Y es que, probablemente, este sea uno de los problemas. En nuestra cultura la seguridad en lo que defendemos, el imperativo, la imposición al hablar, son factores que determinan la percepción de nuestro conocimiento sobre el tema discutido, o incluso de nuestro valor personal, sea o no real.

Acabo de poner la televisión. Una serie de personas que se autodenominan “periodistas” discuten sobre las razones de que Raquel Mosquera, estrella de eso que llaman “el corazón”, haya ingresado en un psiquiátrico. Sus opiniones son sentencias, dan voces, gesticulan, y todo el mundo está plenamente convencido de lo que dice, dándole una trascendencia digna del tema más importante del mundo. María Patiño (una de las mejores profesionales del medio, pues es una de las que más voces da) dice que es indignante cómo juegan con nosotros ocultándonos factores determinantes del matrimonio de esta mujer. Y lo dice con tal convicción que, oye, debe ser verdad que es indignante. ¡Ya me estoy empezando a indignar! Mejor apago la tele…

Ahora pongo la radio. Un par de comentaristas deportivos (es decir, de fútbol, el único deporte que parece interesar) están diciéndole a un equipo cómo deben hacer su trabajo y enmiendan la plana al entrenador, al presidente, e incluso a las novias/mujeres de los jugadores por prestarse a cumplir los deberes conyugales con sus respectivos el día antes del partido. ¡Y cómo lo dicen! Sin un ápice de duda, con la seguridad total de que sus opiniones son la verdad más absoluta… Me pregunto por qué el presidente del equipo no ha contratado ya a estos comentaristas: podrían entrenar, dirigir, y jugar en el equipo, y los resultados serían infalibles, como el Papa.

Me estoy dispersando. Centrémonos en el tema que nos interesa. Cojo un libro de magia y leo. El autor me dice, con una convicción que no deja lugar a dudas, cómo debo hacer mis juegos, presentarme, hablar, vestir, y construir mis sesiones, para conseguir el éxito total. Para reforzar aún más sus opiniones, critica las de otros autores mágicos y leo frases tan sentenciosas como “Slydini opinaba distinto que yo. Se nota que no era profesional.” (no literal). Lo curioso es que he visto un par de vídeos de este señor y parece que actuando no consigue el éxito que él mismo me promete. Pero, ¿qué más da? La ficción y la poesía surgen precisamente de que es fácil escribir que las cosas son como queremos que sean, y no como realmente son…

¿Cuál es el miedo? Es evidente que no podemos conocerlo todo, no equivocarnos, tener el mejor gusto y la mejor opinión, y lo más importante, es evidente que cada uno de nosotros es distinto y lo que es válido para uno no lo es para otro.

Pero nuestra cultura está así, y nuestras opiniones serán tomadas más o menos en serio en función de la seguridad con la que las expresemos. Y con esa seguridad yo opino: es una pena…

Acepto que tradicionalmente, las cosas en magia se han dicho así “hay que hacer esto…”, “se debe hacer lo otro…”. Pero tengamos claro que esto no pasa de ser una forma de hablar y que siempre debe interpretarse como “el autor piensa que, para él, es mejor hacer esto, o él intenta hacer lo otro…”. Esto, que debería ser obvio, me he encontrado que resulta, a veces, difícil de ver, sobre todo para los más jóvenes.

En los pasados encuentros de la Barranca, Luis García, expertísimo matemático y creador de la “teoría de mezclas” (un cuaderno con impresionantes conclusiones y exposiciones de las matemáticas de diferentes mezclas, entre ellas la mezcla faro), propuso que creásemos un juego usando su “baraja simbólica”. Para aprovechar las características que están en esa baraja y no en las demás, utilicé el “principio del paquete constante” que Alex Elmsley publicó en su trabajo sobre la faro. Luis quedó completamente asombrado y me dijo “No tenía ni idea de que se podía hacer eso”. ¿Qué ocurre entonces? ¿Convierte eso a Luis en menos experto o menos conocedor de la materia? ¿Acaso sus opiniones a partir de ahora no tendrán tanto valor para mi? Pues no señor, si cabe, aún más, pues admiro su madurez para admitir rápidamente, sin ningún tipo de reparo, no conocer algo que yo daba por hecho que dominaba.

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