Ricky Jay: Atrápalo ahora, si puedes

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Ricky Jay sólo necesita un mazo de cartas y su talento sin rival para sorprender audiencias.

Ha pasado más de una década desde que el maestro de la prestidigitación Ricky Jay desató su talento prodigioso por primera vez en un pequeño teatro. “Ricky Jay y sus 52 asistentes”, su demostración sin paralelo de la habilidad de un super mago, debutó en Nueva York en 1994, y el show unipersonal (dirigido por el amigo y compañero de estudios mágicos de Jay, David Mamet) se convirtió automáticamente en uno de los shows mas concurridos en la historia de Broadway.

Hay pocas chances de encontrar un show de Jay, ya que el prefiere temporadas muy cortas en teatros pequeños seguidos de grandes espacios entre shows (presuntamente debido a su sorprendentemente atareada vida frente las cámaras que incluye papeles en “Boogie Nights”, “The Spanish Prisioner” y más recientemente, la serie de HBO “Deadwood”).

Jay y sus asistentes (el mazo de cartas) están de vuelta brevemente (está actuando en el Westwood’s Geffen Playhouse hasta fin del mes próximo). Es la primera vez que yo recuerde que actúa localmente desde su show en el teatro Irvine Barclay en 1998.

Así como en Irvine, los tickets para el Geffen son difíciles de conseguir. Los asientos, como siempre, son limitados (en parte debido a las exigencias rigurosas de Jay para controlar la visión de la audiencia por temor a que veamos algo que no debemos).

Y las partes esenciales del show de Jay no han cambiado. Todavía mantiene esa mezcla entre el humor sobre sí mismo y la seriedad, el sarcasmo y la eterna extrañeza, cualidades que le dan a su arte de prestidigitación un aire que remonta a los rituales de los maestros de antaño.

Además de la fama de ser uno de los magos más espectaculares del mundo, Jay es un gran catedrático del arte. Cuando muestra un truco, Jay siempre explica todo con una reverencia y un conocimiento enciclopédico de su historia, que hace parecer a los demás magos como amateurs.

Un viejo truco, “Las cuatro reinas” es presentado como una historia de moralidad victoriana en el que las reinas representan la parte femenina de la historia que se ven forzadas a permanecer con personas de un nivel social inferior (en otras palabras, las cartas numeradas).

Las reinas mágicamente cambian de lugar con cada paso del truco, terminando eventualmente juntas (o como Jay describe: “encontrando compañía entre ellas”). Tal acercamiento no le da solamente profundidad y estructura al truco sino que nos une al mundo colorido de los cuentos históricos de la magia y le da algo que pocos ilusionistas tienen en este mundo tan “Penn and Teller”: clase.

El estilo profesional de Jay le agrega riqueza a trucos tan simples como el Monte de tres cartas y la rutina de la Taza y la bola. Yo estaba sentado en la segunda fila y aún después de que Jay explicara la sutil mecánica del doblez de la esquina de la carta y llevara nuestra atención al corazón de la artimaña aparentemente simple del Monte, era imposible ver cómo él nos venció.

Sus explicaciones de juegos de siglos de antigüedad como la bola oculta por tres tazas era igual de fascinante, y la audiencia quedaba cada vez más impresionada al no poder ver el truco a pesar de la explicación.

La presencia corpulenta y vagamente amenazadora de Jay se ve disminuida (si así él lo quiere) por su manera casual de expresarse. Su voz directa y amigable de las calles del noreste le dieron una calidez muy familiar.

Se viste elegantemente pero sin brillos; él mismo se burla de su apariencia al decir “Imagínense lo bien que me vería con una camisa de seda y un moño”. El set del show con sus curiosidades, juguetes y cabezas de animales disecados en la pared del fondo, parecen como un estudio en una casa rica del año, por ejemplo, 1905.

Últimamente, algunos de los trucos más atléticos de Jay aparecen como un poco injustificados. Por ejemplo, su truco con la sandía (tira el mazo de cartas a una sandía y al abrirlo notamos que la carta elegida ha atravesado la dura piel para incrustarse en la pulpa) se aparece como si se tratara de un show de fuerza bruta luego de una noche de engaños artísticos. El se siente en su salsa cuando engaña a la audiencia en varios niveles. A menudo actuará como si un truco hubiese fallado para, luego de cegarnos con algún artilugio, mostrar que en realidad el truco había salido bien.

Jay nos deleita al hacer cosas imposibles con cartas para luego, tras explicar la física del acto, desvelarnos con un truco incluso más imposible, casi por accidente.

Es una noche que te dejará sin aliento, incluso con un aliento maravillado ante la destreza de Jay.

Cómo hace lo que hace?
Quizá los pequeños demonios dentados en sus hombros en el póster de la entrada tengan algo que ver.

Fuente: The Orange County Register , 11 de diciembre, 2006

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